Los inicios del amor


En cuanto a relaciones de pareja se refiere, los inicios del amor son los más bonitos.

Esos sms (ahora whatsapps) inesperados, esos momentos de ñoñeria y esa nostalgia a separarse. Esos inicios dulces y puede que empalagosos. Pero son preciosos.



Con el paso del tiempo, coges confianza. Unos lo demuestran tirándose gases sin tapujos y otros cantando a viva voz en el coche, llegando a hacer un videoclip si las ventanas están bajadas.



Luego viene el primer viaje en pareja.  Entrar al baño y cantar para que no se intuya lo que estás haciendo, para distraer básicamente. Ese viaje de maleta y neceser perfectamente ordenados. La ropa interior queda abajo, la ropa de la bolsa sucia seguramente con zip, para que no huela nada.

Esa afición repentina por maquillarse cada día como si fuera sábado.

Sales a cenar y vas de finolis, no acabas todo lo del plato, no sea que piense que eres una devoradora, eso de beber refrescos con gas, ¡nada de nada monada! Que luego el vestido tiene una lorza en la parte de la barriga que tu, no te puedes permitir.

Te apetece locamente un helado, se camufla diciendo '¿compartimos uno?' Cuando en realidad lo quieres para ti. Y si no compartes, vuelve tu finura innata y eliges la tarrina pequeña, que no piense que soy una zampabollos...



Y así, podríamos citar unas cuantas situaciones que nosotros mismo las convertimos en absurdas...



Y con el paso de los años...



Con el paso de los años, sigues cantando a viva voz, pero tu maleta no es precisamente perfecta. La ropa está bien doblada, pero aquello de combinar parte de arriba y parte de abajo, desaparece.
El neceser se reduce a crema hidratante, champú, gel y alguna cosita para darte una capa de chapa y pintura.
Tu pelo no es perfecto, es más, seguramente al despertar tengas una melena felina.
Ya no compartes helados, ni postres, a no ser que cada uno elija uno distinto para poder comer de los dos.
Te olvidas cosas, como el secador de pelo, o las pinzas, o el acondicionador para deshacer los nudos que el viento ha hecho en tu cabellera.



Te das cuenta de que no eras como antes. Tanta perfección tenía fecha de caducidad.
Te gustaría volver a los orígenes. A ese orden perfecto. Entonces, levantas la mirada y ves que tu pareja también ha cambiado.
No es dejadez, ni ser desastre. Es mostrarse tal y como somos. Con nuestros defectos y virtudes, y sobretodo, de despojarse del miedo de nuestros defectos. Y ver que a la otra persona le gustan, los acepta y no quiere cambiarlos.



Hasta que... Rehaces la maleta para volver, y te toca hacer esa miradita del gato con botas de shrek para pedir que te guarde el neceser en su maleta, los zapatos, o los veinte mil cacharritos y cachibaches que has comprado en el viaje... y que en tu maleta no caben.



Ahí el defecto se acentúa, y aunque no lo entienda, y su mirada lo delate, acaba cediendo (recuerda siempre al gato con botas) y agradecer con un beso, ¡funciona!



Tú, más feliz que una perdiz, te das cuenta de que esa felicidad viene provocada, entre otras cosas, por vuestros defectos. Y eso, mola!



Así que yo de ti, no buscaría excusas para escaparos y mostraros tal y como sois.